EXPERIENCIA 0001
Libro-objeto + extensión digital

El expediente existe.Ocupa 16 × 21 cm y reúne testimonios, planos, anotaciones, piezas desplegables y algunos accesos que continúan fuera del papel.
$45.000
Venta y envíos a través de Mercado Libre.

Puede leerse de principio a fin.También puede abrirse, desplegarse, escucharse y, llegado cierto punto, complicarse innecesariamente.Algunas partes permanecen en el papel. Otras continúan mediante audios, documentos y pequeñas decisiones del lector.




FORMATO
16 × 21 cm
INCLUYE
Solapas, troqueles y piezas manipulables
EXTENSIÓN
Contenido sonoro y digital mediante QR
AUTOR / EDITOR
Damián A. Rodriguez
EDICIÓN
Contado de Otro Modo

Algunas versiones quedaron fuera del libro.Por eso ciertos fragmentos continúan en audios y pequeñas experiencias digitales a las que se accede durante la lectura.No son contenido adicional.


UNA ACLARACIÓN RAZONABLEEl libro no necesita una aplicación especial.Los contenidos digitales se abren desde el teléfono mediante códigos QR.Conviene tener auriculares.Lo demás depende bastante de los vecinos.


Libro-objeto + extensión digital
$45.000
Mercado Libre se ocupa del pago, el envío y otras cuestiones razonables.


Todos aseguraron que no estaban pendientes del viejo.






Durante los primeros días, el pueblo hizo lo único que podía hacer sin admitir que estaba preocupado.



En el pueblo, una versión rara vez viajaba sola.Bastaba que alguien dijera «yo prefiero no opinar» para que, media hora después, hubiera explicado el asunto en tres casas distintas.La vecina de la hoja arrancada dejó la suya.Y, a esta altura, probablemente ya tenga la suya. Justo a tiempo para empeorar la situación.¿Qué les habría dicho a los demás?

En el pueblo, eso bastaba para que una versión dejara de pertenecerle.Ahora puede conocer la de la vecina.Conviene aclarar que ella tampoco presentó pruebas.Eso nunca detuvo demasiado la conversación.


Hubo una versión, bastante incómoda, que decía que el viejo no había tenido tantos paraguas. La sostuvo una mujer que vivía frente al banco y sabía más de lo conveniente. Su defecto no era escuchar. Su defecto era acordarse.Según ella, el viejo tenía un solo paraguas. Uno solo. Oscuro, gastado en los bordes, con una varilla vencida y el mango brillante de tanto uso. Lo había visto durante años cruzar frente al banco, detenerse junto al cordón, acomodarse el saco demasiado grande y seguir camino con el mismo paraguas bajo el brazo. Los colores aparecieron después.La cajera del banco fue de las primeras en recordar el amarillo. Con ella el viejo hacía chistes. Algunos bastante malos. Ella se reía de todos y a veces le pedía otro antes de que llegara su turno de atenderlo. Hacía meses que almorzaba sola detrás del mostrador. Nadie relacionó una cosa con la otra.El rojo pertenecía sobre todo al almacenero. Con ese paraguas, aseguraba, el viejo discutía de política durante horas. Citaban gobiernos, elecciones y alguna fecha que probablemente ninguno de los dos recordaba bien. El almacenero disfrutaba especialmente esas discusiones. Después cerraba el negocio. Más de una vez lo vieron seguir discutiendo solo mientras acomodaba las latas. Señalaba alguna conserva de tomates, esperaba unos segundos y respondía. La conserva nunca cambió de opinión.El verde lo recordaba una mujer de la plaza. Decía que con ese color el viejo podía permanecer sentado mucho tiempo sin hablar. A ella eso le parecía una virtud. Compartieron banco varias tardes. Nunca quedó claro si conversaban poco porque el viejo llevaba el verde o si el verde apareció después, cuando ella empezó a contar aquellas tardes.La vecina de enfrente desconfiaba de ese orden. Según ella, primero ocurrían las cosas. Después aparecía el color.El gris fue distinto. Con el gris bajaban la voz. Eso se volvió costumbre con bastante rapidez y durante algún tiempo se consideró una forma de respeto. Después alguien descubrió que también podía resultar útil. Una tarde, mientras el viejo estaba dentro del banco, un vecino tomó el paraguas que había quedado junto a la puerta y lo llevó hasta el bar de la esquina. Lo apoyó contra una pared. El hombre aseguraba que el paraguas era gris.A los pocos minutos un falta envido terminó discutiéndose casi en secreto. El vecino sostuvo durante años que aquello demostraba algo. Cuando el viejo salió del banco encontró su paraguas junto al bar, lo recogió y siguió caminando. La mujer había visto todo desde su ventana.Para ella había sido oscuro junto al banco. Oscuro contra la pared. Y oscuro cuando el viejo se lo llevó. Los hombres del bar, en cambio, recordaban perfectamente el gris.Con el tiempo pasó algo parecido con casi todos los colores. Uno recordaba el paraguas. Otro recordaba lo que había sentido al verlo. Después las dos cosas quedaban juntas. Para entonces cada color tenía suficientes testigos como para arreglárselas solo.Y el viejo seguía pasando. Siempre con el mismo paraguas oscuro, según la vecina.Hasta una tarde en que se detuvo frente al banco y levantó la vista hacia su ventana. La mujer estaba segura de que él no podía verla detrás de la cortina. El viejo sonrió.Después abrió el paraguas.Desde donde ella estaba, por primera vez, no habría sabido decir de qué color era.



